Una ratonera se cerró en mi laringe
Y no se lo dije a nadie
Se habían ido las Ellas
Pero comenzaba el tuntún
Activado por el fin de las palabras
No soy tan malo
Si cierras un ojo
No soy tan feo
Si cierras el otro

En la madriguera del esoyanoimporta
Toca encontrar la excusa
Un nudo saca otro nudo
Trago en seco
No hay medicina pa este dengue
Pero entre tantos placebos
No hay tiempo pa la muerte

Los peces abisales son feos porque nadie, nunca, los ve

Encontrar pareja en las inmensidades tridimensionales de los océanos es casi imposible. Por eso el pez rape desarrolló su olfato al extremo de poder detectar las feromonas de una hembra a kilómetros de distancia. Cuando un ejemplar macho siente por fin que en el área se encuentra uno del sexo opuesto, nada desesperado buscando a la culpable y al primer encuentro le clavan sus dientes en el vientre. El macho rape segrega unas encimas que disuelven la piel de la pareja y se sellan condenados en ese beso. Al no tener forma de alimentarse, empiezan a unir sus vasos sanguíneos a los del sistema circulatorio de las hembras, proveyéndose de todos los nutrientes necesarios. Poco a poco sus cuerpos se van atrofiando y perdiendo autonomía hasta el punto que terminan siendo un apéndice del rape hembra. Para los biólogos marinos el macho rape era un misterio, nadie había visto uno. Entonces descubrieron que eran ese bulto de carne cercano al órgano reproductor de la rape cuya única función es proporcionar esperma. Un parásito provechoso para que siga la especie. Así es cómo esos peces feos, de dientes desproporcionados, de ojos sufridos alumbrados por la biofosforecencia bacteriana de la lamparita con la que atraen su comida y obligados al olvido de nunca ver la superficie con vida, pueden vivir y perpetuarse.

La noche es un mar. Uno se sumerge, se deja caer según el peso del ímpetu que no ronca cuando acecha en la vigilia de la espera genital. Caigo poseído por el dejarse ser. La oscuridad del club no deja que tenga fondo. Me topo con mantarrayas, tortugas y peces de cardumen pero prefiero hundirme. Busco alejarme de lo que se pueda ver con los ojos, estos ojos esmaltados con retina de escamas que me alejan pero hacia adentro. Llego a la barra. Muerdo una cerveza cara. “Ella se lambe si con limón la toco”. Somos de sangre fría, nos calentamos con cerveza fría. Me rozan cuerpos esbeltos que ondulan con el saoco. Necesito tocar mi especie, la propia, la solitaria que no se encuentra sin un cariño del azar. Te quiero, pero lo más importante, no te conozco, te espero. Aquí ya no veo nada, falta oxígeno. 

Veo un breve resplandor de piernas que giran. Siento el cambio de presión en la piel que el sonido del bajo ha convertido en una oreja tersa. Horas de movimiento van haciendo lo suyo logrando que los olores se llamen y se dejen mensajes. Me gustan tus feromonas. Me voy acercando a algo. Unos ojos lumínicos me miran y asienten. Bailemos. Pegamos los cuerpos ya mojados. Hacemos nudos y nos desatamos con la música. Busco la boca que pregunta por mí. Las lenguas son peces resbalosos que zigzaguean garganta adentro. 20,000 lenguas de profundidad gargantina. Me gusta tu soledad, vámonos de acá y te muestro la mía.

Llegaste por degeneración espontánea. Tomaste la pastilla roja pensando que la azul era Viagra o una pill de ecstasy llamada Facebook. Sentiste alivio cuando la directora dijo que no tenías remedio. Intentaste escapar por una calle sin salida. Le diste hasta abajo en cada paridemarquesina. Inventaste nuevas recetas para no morir de hambre. Jugaste Super Mario 3 y al apagar el Nintendo buscaste un inodoro verde que te transportara a otro mundo. Caminaste sin prisa, fumando y odiando el humo que se enredaba en tu pelo. Hiciste amigos jevitos. Mataste a tus amigos jevitos. Hiciste amigos hippies. Te cansaste de tus amigos hippies y también los mataste. Te buscaste novio. Cambiaste de carrera. Te buscaste novia. Te metiste en un trío y nunca antes te sentiste tan sola. Volviste a casa y al entrar te quitaste los tacos para no despertar a nadie. Bajaste la discografía de Radiohead y Spinetta. Te diste par de películas de Bergman. No entendiste nada. Te las volviste a dar. Despertaste a media noche. Escribiste poemas con rímel en el espejo. Saliste al Mirador a ver la gente correr. Olvidaste las llaves encima del lavamanos. Rejugaste con cinco tarjetas de crédito. Descubriste una droga cada fin de semana. Viste en la resaca un ensayo de purgatorio. Trabajaste horas extras. Te llamaron la atención por llegar tarde. Falsificaste licencias médicas para quedarte en casa viendo una serie de doce temporadas. Organizaste un coro a Bahía de las Águilas y llegó una tormenta tropical. Te pusiste en el gimnasio. Probaste el softporn amateur. Te dieron veinte follows por día. Soltaste el gimnasio porque era muy caro. Bloqueaste sin ninguna razón a alguien que te gustaba. Te hiciste la loca. Jugaste con fuego.  Desayunaste figuras imposibles. Regalaste las flores que te regalaron. Te fuiste. Regresaste. Tuviste tus dudas. Olvidaste cada contraseña. Y ahora estás acá.
Cada comienzo
Es un trauma
Tan fuerte
La dosis
Nadie sabe lo que pierde
Hasta que lo quiere
Quemé bengalas 
En silencio
Búsquedas en armarios
Bolsillos volteados
Y los párpados
Ni sombra
Son así los caminos
De la obstinación
Infinito y filoso
Arrecife
Compartimos una duda
a ella nos aferramos
como Jack y Rose al final de Titanic
solo que hacía calor


Teníamos la respuesta
Faltaba la pregunta
La sospechábamos
una especie no descubierta
en la llanura abisal
Pequeña invisible
flotando junto a nuestros estornudos
Detrás de ti o de mi
Prófuga
Tan obvia
que no podía ser
no pudiendo sino ser


El juego es simple:
se vence claudicando / ambos o ninguno


Que nos una la pregunta
y nos separe el mismo vacío
como esos hemisferios de Magdeburgo



El signo de la locura
es de interrogación

Rodaje

Te vi
Espalda y pelo
Una mujer sin rostro
Hundiéndose calle adentro
Y me senté 
Alternando la mirada
Entre mis zapatos y tu estela
Una sola vez
conocí alegrías vetadas
todo iría bien
aún tuviera que ser capitán
de un barco miniatura
dentro de una botella
no vacía
cuya tripulación se redujera a dos:
yo y un mar de alcohol

Ya fui comando
de misiones imposibles y suicidas
ya tuve de enemigo al tiempo
para sentirme menos uno
menos solo
más o menos real
más de regreso
pero los relojes siempre ganan

Si hablamos de ilusión
hablemos de una escalera
Que se retuerce en las noches
Y te lleva a plantas bajas
mientras crees subir
Y por eso
caminé, corrí simplemente
sin dar en cuenta cuánto caía

La otra noche fue peor
doblé a casa sin mirar las esquinas
estuve besando dos piernas
cada beso era un paso
uno tras uno
sin llegar a ningún lado

El mejor ataque
es un buen cobarde
saquemos las manos por las ventanas
acerquémonos sin reglas
naveguemos nuestro barco
aun sea pequeño y de papel
dupliquémonos
si es el único remedio
contra una buena soledad
Subamos las escaleras
doblando con furia agarrados de las barandas
hasta llegar al sótano
o adonde sea
Vengámonos en cada paso
que los besos no son en vano


Toma mi mano
es lo que tengo
Al primer salvaje
que trepanó a otro
En un acto de compasión
y curiosidad
Le digo
Que normal es pensar
que si alguien dice 
que se le explota la cabeza
y uno le hace un hoyo
le está haciendo un favor
Aunque no estoy seguro
De haber hecho lo mismo
Porque para los antiguos griegos
El alma y la cabeza
Estaban en el corazón
Para los asirios
En el hígado
Y para mi
en los dedos

Doña Ana sigue ahí

Si alguien llegó a ir de niño y nunca más volvió, seguro que recordará el patio de la casa de Doña Ana como una finca interminable. Si este fue un niño de una imaginación considerable, es posible que hasta recuerde haber visto montañas y ríos y ubique este recuerdo dentro de alguna visita al campo. Lo último que se le ocurrirá pensar es que aquello estaba en plena ciudad, casi en el centro, de hecho.

No es exageración decir que en sus mejores años el patio producía lo que una finca, al menos en variedad. Tenía todos los frutales necesarios, tamarindo, lechosa, chinola, carambola, cajuil, limón, naranja, uvas criollas y aguacate. Por doquier se esparcían matas de plátanos y guineos y algún que otro cocotero.  

Un huerto que yacía al fondo protegido por una malla de gallinero, gracias al exhaustivo cuidado que le procuraba Don Clemente, era más que un huerto,. Rara vez tenían que salir a comprar vegetales y legumbres. Aquel huerto era un altar aprovechado en cada centímetro.

La vida de la estancia la complementaban las gallinas en sus recorridos interminables junto a sus chicuelos, alguna que otra pareja de patos encantados con su pileta, la cría de cerdos reservada exclusivamente para la Pascua y un indefinido número de perros y gatos que dominaban la cadena por su cercanía con los hombres.

Tampoco faltaba lo ornamental protagonizado por plantas de catalanas, coralillos y cayenas, dispuestas en el orden jerárquico de la belleza. Fungían como el lindero que separaba al patio de la casa.

Una gran mata de mango reinaba en el centro del lugar, bajo ella el piso de tierra domesticado por un millón de pisadas, al que había que barrer diariamente con la escoba de tirigüillo de palma más vieja. La sombra de ese árbol fue testigo de cuanta celebración ocurriera en el árbol de la familia.

No se puede establecer con precisión cuándo aquello dejó de ser lo que fue. Desde luego que la muerte de Don Clemente marcó un punto aunque el abandono ya venía de antes. La enfermedad del difundo había ido paralizando casi todo. Los domingos ya no eran los domingos, ni la familia era la misma familia, reducida irónicamente al mismo ritmo en que se agrandaba. Ya solo quedaban unas pocas celebraciones dispersas en el calendario.

En estos últimos años eran los edificios los que crecían conforme lo hacía la ciudad, como lo hacía en otra ocasión cada nuevo frutal que plantaban Doña Ana y Don Clemente. El terreno de la casa daba para construir un residencial de mínimo veinte apartamentos. Hubo un mes en el que al menos un intermediario de bienes raíces por día fue a visitarla colocándole una oferta que en otro tiempo le hubiese hecho la boca agua a su hijo Jochi, que ahora vivía en Nueva York. Cada una fue rechazada sin importar el monto, casi todos volvieron con mejor oferta y fueron nuevamente rechazados. Doña Ana solo los escuchaba por cortesía y quizás porque estaba falta de compañía.

Los nuevos edificios ya sitiaban por todos los flancos a la casa lo que le cortaba el camino a cualquier brisa que intentara llegar. El mismo sol ya no era el de antes, por eso muchos frutales fueron muriendo. No sé puede afirmar con certeza  por qué se secó la gran mata de mango, esto ocurrió a partir de la muerte de Don Clemente. Lo cierto es que entró junio, entraron julio y agosto y no hubo un solo mango que recoger, solo hojas que meses después empezaron a desprenderse hasta que no quedó una sola al llegar Navidad. Doña Ana y Ninoska, la muchacha venida del campo que la ayudaba con la casa, se turnaban mañana y tarde para barrer las hojas, porque debajo de aquel árbol estaba el último espacio sagrado, la mesa del café. Abajo se seguiría celebrando ese ritual diario en compañía de con  la vecina, y con quién fuera que visitara la casa ese día. Ella en su mecedora, el resto sentado en el juego de sillas de guano.

Ninoska se casó no mucho tiempo después. Se mudó a un barrio en las afueras. Una vez a la semana de vuelta del trabajo volvía para ayudar con lo que fuera, en silencio y de gratis. Doña Ana engordaba y cada día caminaba más lento a causa de todas las enfermedades que traía el accidente llamado vejez.

Dentro de lo que aun quedaba estaba la visita diaria de Olga, una vecina ya mayor aunque más joven que Doña Ana. Sus conversaciones no pasaban de qué calor hace o de supiste quién murió y no es que hiciera falta decir más, aquellas reuniones del café de la tarde eran un acto de presencia mutua y con eso bastaba.

Con el tiempo y la presión de los hijos, Olga  tuvo que vender su casa. En su lugar se construyó una torre que germinó y creció más rápido que cualquier hortaliza. Más nunca se volverían a ver.

Una mañana de poco sol, Doña Ana preparó el café y se dirigió al patio, seguro no durmió nada la noche anterior. Llegar hasta la mesita debajo de la mata de mango fue una tarea lacerante, era pisar sobre descalzo sobre vidrios rotos. Puso dos tacitas pese a que aquel día estaba ella sola.
Nubes vinieron de todos lados a congregarse sobre la casa como si hubiese sido su punto de reunión acordado. Gotas empezaron a caer, pesadas y frías con vocación de granizo. Doña Ana intentó pararse, a recoger bandejita junto con las tazas. En el momento en que se incorporó, la ciática le mordió la entrepierna como un león. El dolor le hizo cerrar los ojos y en vez de soltar la bandeja, la agarró con fuerzas.
Fue a sentarse rápidamente en la mecedora pero las fibras de guano ya podridas por el abandono y la intemperie cedieron y Doña Ana cayó de lleno en el suelo, viendo las nubes.  No se volvería a levantar.

La lluvia abandonó el preaviso y empezó de verdad continuando hasta el mediodía. El sol salió tímidamente a ver lo que había ocurrido. Durante la noche quizás volvió a llover. Doña Ana seguiría ahí tirada sin poder moverse. Quizás sigue ahí hasta hoy, mirando todo el cielo que se cuela entre las ramas secas de la mata de mango, viva.

Balagay 02


Confoimidá, confoimidá, que ei ta vivo todavía. Balagay ta vivito como la Vigen de la Aitagracia.

El director de la funeraria llamó a su propio médico de cabecera cuando los tres empleados encargados del embalsamamiento abandonaron la sala entre tropezones, gritos y vómitos. El cadáver de 98 años ocupaba la mitad de la mesa de aluminio, encorvado en espaldas y rodillas, arrugado comoarenque secado al sol. Llamarían a un comando de inteligecia del Ejército Nacional para que se hiciera cargo de guiar la disección.
Qué diablos es eso? Es Balaguer. No tiene órganos genitales y tiene caderas de plástico. Un olor a vinagre y liturgia inundaba el espacio. Cuando le abrieron el estómago encontraron restos de fideos, tres casquillos de una 9mm y pedazos de una tabla de surf. Que no salga de aquí. ¿Cómo va a salir si ya está muerto? Qué no salga de aquí esto, nadie vio nada. Pónganle el mejor traje de los tres que mandaron. O sea que el Doctor Balaguer no era humano después de todo. Así es oficial Ibáñez, ahora lo sabe, ahora no lo sabe. 

Lo voltearon. Una serie de tornillos bajaban desde la nuca hasta el coxis. En una nalga se podía ver un código de barra seguido de una inscripción que decía Balagay 02, Made in... algún país imposible de leer. Las llagas de un siglo habían hecho lo suyo.

Paisaje

El barrio de noche huele a mariguana, dicen las vecinas que eso es incienso que disimula la cañá. En los árboles vive gente y están hechos de lo que sea. Es un bosque seco porque nunca llega el agua. Las chichiguas sobresalen, miran fijas al barrio y son guaraguaos esperando buena presa, aeronaves que no van a ninguna parte.

Nuevas tendencias

A Willmer lo agarró la lluvia a cuatro cuadras todavía del residencial donde vivía la jeva. Viéndose empapado por todas sus ranuras, tuvo su mejor idea en años, sacó el único condón y metió el celular que llegó sano y salvo y apenas un poco lubricado. Salvó su celular pero preñó a la novia y tuvo que vender el celular para pagar parte de la cesárea. 

Corriente de resaca

Abrieron un liquor store debajo de mi cama, lo supe en el último jumo en la última tentación. Aunque en principio juraba que había despertado en el barco vikingo de Arcadas. "La resaca es el purgatorio", con esas palabras se me apareció Fray Antón de Montesinos, y agregó, "mientras más buena está, más mala es". "¿Quién?", le pregunté. "La tipa". "¿Qué tipa?", volví. "Cualquier tipa de esas con las que sueñas sin querer queriendo y sin querer querer". Y desapareció. Debajo de mi cama está Vice City, debajo de las de ustedes Ciudad Gótica, probablemente. Entonces entendí: mi colchón era una balsa que flotaba a la deriva. Había una marea desquiciada, me precipitaba mar adentro. Si el tiempo es tan infinito como dicen, entonces la vida del sol, en relación con cualquier cosa, es solo un instante como el flash de una cámara. Me la pasé dormitando entre falsos despertares. El sol azotaba bien duro como mandan las líricas de los reguetones. Las olas eran calmas pero insistían lo suficiente como para causarme una náusea primitiva. Imaginaba los ácidos del estómago haciendo sus olas y remolinos, formando un mar revuelto con sus propias embarcaciones y naufragios. Moría de sed. Intenté beber agua de mar pero eso solo sirvió para hacer arrojar desde mis entrañas la comida del mediodía de ayer que se hizo comida para los peces palomos que no tienen nada que comer, esos peces que piden en los semáforos y huelen cemento, habiendo tantas otras drogas. Empezaba a desesperarme. Pensé, sin intención, tirarme al agua e intentar tocar fondo. Pero no es así como se toca fondo, no nadando hacia él. El fondo elije a sus adeptos, el fondo te toca cuando quiere y lo hace halándote por los pies. Por ahora seguiría siendo una alga de la superficie. Creí ver sirenas en el horizonte, creí escucharlas cantar a Ana Gabriel y a Marco Antonio Solís mientras limpiaban los arrecifes en la mañana del sábado. Ya sé que en el Caribe no hay sirenas porque se fueron a Europa. Acá se quedaron los manatíes, especia hoy casi extinta. Quizás algún día las ciguapas desarrollen branquias cuando el hombre se canse de la tierra y trate volver al mar como se intenta volver a la vagina. Así pasó un buen tiempo, el necesario para acabar con las fuerzas que me quedaban. Desperté en una playa virgen, peluda de erizos, de piedras Gillette Match 3 y sin el bar taíno de un beach resort a la vista. “¿Para dónde es hoy?”, me preguntó Montesinos que acababa de regresar, llevaba gelatina en el pelo. “No vuelvo a beber nunca jamás”, le dije sin mirarlo. “Sí, cómo no. La carne es débil y si no se marina o se hierve hasta que lo sea, pero el mar siempre es la misma persona”. Entonces volteé a verlo y se desvaneció. Un rato después también se fue la playa. Yo estaba de regreso. Por el momento todo era un simulacro, uno sin pena ni gloria, donde la pena es que no hay gloria.

The Dakota

Un día caminas solo calle abajo por la Central Park West. No es que andes girando el cuello tirando fotos a lo que sea ni haciendo el papel de turista feliz, tienes demasiado en qué pensar como para eso. Aun así ves un edificio, un edificio en particular. Te quedas mirándolo unos minutos, mucho considerando que nunca has sido un fanático de la arquitectura. El edificio se diferencia del resto pero por pocas cosas, no sabrías decir cuáles, solo sabes que se ve más europeo y seguro debe ser más viejo que el resto. No te enamora pero te gusta.

Otro día, un año después, estás en tu oficina ya sin mucho que hacer e intentas saciar la curiosidad y el afán de poseer una cultura general moderada documentándote sobre la clasificación de las armas de fuego según el calibre, sobre los maoríes en Nueva Zelanda o sobre el asesinato de John Lennon. En esto último te tomas tu tiempo. Buscas detalles hasta que acabas por descubrir que ese edificio que te quedaste mirando como un bobo fue lugar de residencia y muerte de John Lennon. Eso te intranquiliza, piensas que a lo mejor en el mundo no hay tantos misterios.

Estenopo

Crecí en el mundo normal, con semanas de siete días y sin peligro aparente. Diferentes olores se turnaban y me rodeaban. Así era. En cambio lo que yo veía eran paisajes de posguerra y un mundo pequeño como mi voluntad, donde una paloma era una bestia y un susurro una mordida. Todo se reducía al pensamiento de la hormiga. Por vergüenza o por inercia, lo disfracé. Hablaba de un mundo normal que terminó siendo igual al que ya estaba. Una hoja cayendo de un árbol no era más peligrosa que una hoja cayendo de un árbol. Ni tan dorado ni tan mancillado. Mentí dos veces. Una cuando vi, otra cuando hablé. Mentí dos veces y por tanto dije solo la verdad. Mi mente ha sido un estenopo, mi lengua una retina.

Cuerpos celestes

Les explicaré eso del amor de las pocas maneras que se pueden explicar las cosas que casi nadie entiende, mediante otras cosas que casi nadie entiende: el espacio sideral, todo el reguero de rocas que flotan por el aire donde no hay aire, demasiado grande para que le hagamos caso. Es obvio, por la naturaleza de estos temas, que se puede hablar de ellos también sin entenderlos, como hago yo.
En su forma ideal, el amor les aparecerá como dos planetas que orbitan entre sí, bailando sin parar, sin que nadie pueda distinguir cuál es la luna de cuál. Esa es su forma ideal, la difícil. Lo más común es que, aunque no se vea, estos pares se estén distanciando uno del otro cada vez más. Eso es irreversible. O por el contrario, puede que haya una fuerza de atracción que haga que se acerquen, se acerquen, se acerquen y se acerquen hasta colisionar. Ambos se destruyen. Eso es también irreversible.
Menos trágico, si les interesa, son los enjambres de asteroides que pasan veloces, que les harán poco daño y que por eso a duras penas lograrán recordar.
Hay amores de uno en un millón como el de esos satélites que están en su órbita de siempre, inertes y congelados, y que de pronto se les aparece de la nada un meteoro. Sus órbitas coinciden y quedan realmente cerca, pero sin llegar a tocarse. Quizás con un pequeño adelanto habrían tenido suerte. O tal vez sí la tendrán, en miles de años, luego de interminables rotaciones se volverán a encontrar y entonces tal vez sí haya un roce o algo más.
Les diré que hay estrellas colocadas tan lejos en la distancia que lo mejor es conformarse con la poca luz que nos llega de ellas. Olvídense de planetas perfectos que si los hay son improbables. En el amor y en el espacio el azar predomina y lo que se puede hacer es en realidad menos de lo que uno se cree. No quieran ustedes saber de los agujeros negros que te atraen, te absorben y te tragan y que luego te expulsan a quién sabe dónde.


Finalmente, tengan en cuenta que la peor suerte de un cuerpo celeste no es colisionar, ni arder en una supernova, ni girar en el mismo eje de sino navegar por siempre en una vasta soledad ancha como medio infinito, en el vacío.

Heliogábalo

Cuando termine la máquina del tiempo lo primero que haré será viajar a la Antigua Roma y buscar a ese emperador adolescente que se prostituía por puro placer en el mismo Palacio Imperial y que ofreció pagar lo que sea a los médicos de la época para que le amputaran el pene y le hicieran una vagina. Hoy correría mejor suerte. No faltaría el cirujano que se ofreciera a realizarle la operación y además le iría bien en la prostitución en altos círculos, que más de un millonario pagaría lo que fuera por follarse a un emperador romano transexual traído de hace 2,200 años y con todas las perversiones imaginables en su mente.

Lo segundo será traerme al Marqués de Sade del cual puedo jurar tendrá tremendo éxito como director porno clase B.

Lo tercero sería intentar matar a Hitler en su nacimiento y así quizás evitar 50 millones de muertes, pero esto último está por verse, nadie tiene derecho a jugar con la historia de esa manera.

La doña repetida


El tiempo sufre de estirarse cuando esperas un autobús que no sabes si pasó o le falta mucho para pasar. Una vez alguien me dijo que el tiempo es el elástico de un pantaloncillo que se estira cuando no se usa. A veces lo veo seguir de largo mientras el semáforo está en verde y no puedo cruzar, me tengo que quedar ahí viéndolo marcharse sabiendo que no pasará otro dentro de algunos minutos. Llegar temprano es solo otra forma de ser impuntual. Y total que aquí en Santo Domingo esa palabra no existe. Me siento a esperar en la parada. Esperar es sinónimo de no hacer nada. Bueno, ahí viene otro.

Me subo y pago a la cajera. A la cajera, por cómo me cobró el dinero, se le ve lo aburrida que está, ese trabajo seguro es insoportable pero solo lo acepta quien no tiene ninguna otra posibilidad. Aun así tiene cara de buena persona, jamona, definitivamente, pero se le ve que trata muy bien a sus sobrinitas. Paso a sentarme, solo queda un asiento y me tocó al lado de ella, de una variedad de mujer que abunda en estas tierras y a la que he llamado la doña-repetida. Es gorda, cabello bien corto y también recogido, piel oscura y anda con un reguero de paquetes. Es lo que, recurriendo a estereotipos, llamaríamos fea, anti-sexual. Su volumen se rebosa y ocupa parte de mi asiento. Yo a esta mujer la he visto, desde que tengo memora la estoy viendo. Está en todos lados, cada uno la conoce. Tiene diferentes edades y sus atributos varían, pero siempre dentro de los parámetros que nos hacen llamarla gorda, fea, anti-sexual. Hija de una misma madre y madre de los mismos hijos: es ella, la doña repetida. Espera a su hermana afuera de la Maternidad La Altagracia, limpiaba en tu casa, atiende un puesto de frituras, le lleva comida a su esposo en la cárcel, fue la que más dio gritos en la Hora Santa del motorista que se partió el epiplón en la esquina, se le vuela el cinc de su casa con cada ciclón, mantiene un cuerpo de 250 libras con medio salario mínimo, corre más rápido que tú, se sabe los chismes aunque los cuenta bajito y ancha los pantis que le mandan en agua de sal para que les sirvan.

Me acomodo, ahora veo al resto de los pasajeros, también repetidos. Me paso el tiempo elaborando una teoría sobre las apariencias donde concluyo que casi todas las personas que vemos en esta ciudad pueden ser encasilladas en no más de 20 categorías acorde a vestimenta, edad y gesto en el rostro, dejando un criterio para indefinidos, aunque esos serían los menos.

El sol está en sus buenas, no sabría decir a cuántos grados está la temperatura, a la cual habría que sumar la humedad que provoca el sudor de tanta gente. El calor no se aguanta, aunque sí, si no es
porque es mi día a día podría jurar que no duraría 5 minutos más vivo adentro. Aquí todos somos organismos extremófilos como las bacterias que viven en los lagos ultrasalados o los crustáceos que se plantan alrededor de las chimeneas de aguas termales en el fondo del océano. La pregunta no es por qué estamos vivos sino cómo, la cuestión deja de ser filosófica para volverse puramente biológica: ¿cómo diablos puede haber gente viva bajo este sol?

La doña-repetida se queda en la parada que está después de este semáforo. Tiene que salir y para eso tiene que pasar por arriba de mí, si da un paso en falso y me cae encima será mi fin, de eso estoy seguro. Pero con esfuerzo consigue salir al pasillo del autobús y ahora abrirse paso con todos sus paquetes entre los juncos sudorosos de los cuales se dice son personas. “Con permiso, permiso, ermiso, miso, que me quedo.” El conductor solo logra pararse a un carril de la acera por un carro mal estacionado más adelante. Pero por fin la doña pudo llegar a la puerta y al fin pudo bajar a la avenida. El sol ataca. ¡Oh no! Los juncos se giran rápidos como azotados por la brisa para poder mirar. La camioneta venía rápido y a penas ella puso los dos pies en la tierra ya todo había ocurrido. El impacto no se oyó porque los gritos de los pasajeros sucedieron en el mismo instante, como si hubiesen estado presintiendo que eso iba a pasar. La sangre con el sol y sobre el negro del asfalto se ve como rosada, completamente de mentira, si vas a morir tan vulgarmente al menos debería parecer sangre de verdad. Alcanzo a notar que el torso cayó en la parte trasera de la camioneta. Las extremidades, ¿dónde están las extremidades? Y las fundas negras regadas por todas partes, es increíble que una sola persona pudiera cargar tantas cosas. Afuera comienza a formarse una muchedumbre que en el fondo está muy contenta porque pasó algo nuevo, algo para contar.

Una doña muerta y desmembrada bajo el sol debe servir como evidencia de que la pregunta que había hecho no era tan absurda después de todo. Al menos eso. Al menos era la doña-repetida, nada del otro mundo.

Tarkovsky

Tenía 6 años, quizás menos, esto es algo que está en el borde de mis recuerdos. Creo que alguien pasaba los canales y se detuvo en una rara película en blanco y negro mientras se desarrollaba una escena en un bosque en la que un soldado besa a una mujer como excusa para ayudar a cruzarla una profunda zanja. Una pura casualidad porque en la televisión local no era ni es muy común ver ese tipo de cine. Por alguna razón todo se me grabó, yo con mis pocas nociones del mundo recuerdo con claridad que pensé que eran alemanes por como hablaban (la película estaba en su idioma original). Hace un tiempecito descubrí a Tarkovsky a través de su primer largometraje llamado La Infancia de Iván. La memorable fotografía del film caracterizada por un preciso uso de los contrastes ya me iba pareciendo conocida, hasta que entonces vi la escena, tal cual la recordaba, y fue como resolver un misterio.

 http://www.youtube.com/watch?v=2cG2A6mk7bI
Moría puramente de viejo, dicha que en realidad pocos tienen. Él moría sin remordimientos, sabiendo lo querido que fue, lo mucho que lo llorarán y lo bien que lo recordarán. Fallecía y sentía el placer de dormirse tras un largo día de trabajo. 96 años que entregaba como el que devuelve algo prestado. Estaba seguro de su muerte, ni una hora más, esta era el momento. Ya llegaba la completa certeza de que no sufriría nunca la agonía de morir en un accidente en la bañera, o cayendo por las escaleras, o de un cáncer de pulmón, y que sobrevivió –algo que se confirmaba con la muerte- a la melancolía, que no volvería a tener que recordar a sus padres y a su esposa. Todo era perfecto, no le quedarían ni diez minutos, hasta se le llegó a dibujar una minúscula sonrisa. Comenzó a dejar de sentir su cuerpo, ahí se iban las molestias de la artritis, cosa que colmaba su felicidad. Se había despedido del mundo cuanto le fue posible, ya solo faltaba tiempo. Por fin pisaba tierra firme, tierra firme de verdad.
En sus cada vez más incorpóreos pensamientos llegó a colarse algo que parecía una caja, ahí había algo con lo que no contaba, era un recuerdo, no un sueño, no un delirio. Rápidamente se volvía más claro. De alguna manera volvía a la vida, esa vida que amaba pero que ya no quería. 
Pasaba ante su vista aquella escena, los gritos, los 5 tiros, la sangre pegajosa, los nervios, la absolución.

La hazaña que estuvo a punto de realizar era olvidado todo: la culpa. Recién se daba cuenta del fracaso, de que su memoria solo se esperó el mejor momento para esto.
Abrió los ojos y rodeó la habitación con la mirada: el bastón cuadrípode de aluminio le tentó a levantarse, pero una foto de cuando tenía 26 le hacía extrañarse de sí mismo y le invitaba amablemente a dejar este mundo que ya no era suyo. Todas las pequeñas pertenencias, que hace tan solo minutos daban señal de un modesto logro, ahora se presentaban como premios de consolación. Luego de su tardía lucidez, volvió a cerrar los ojos e intentó morir con fuerzas, con las últimas que le quedaban.
Hora del deceso, 11:37 AM.