Rodaje

Te vi
Espalda y pelo
Una mujer sin rostro
Hundiéndose calle adentro
Y me senté 
Alternando la mirada
Entre mis zapatos y tu estela
Una sola vez
conocí alegrías vetadas
todo iría bien
aún tuviera que ser capitán
de un barco miniatura
dentro de una botella
no vacía
cuya tripulación se redujera a dos:
yo y un mar de alcohol

Ya fui comando
de misiones imposibles y suicidas
ya tuve de enemigo al tiempo
para sentirme menos uno
menos solo
más o menos real
más de regreso
pero los relojes siempre ganan

Si hablamos de ilusión
hablemos de una escalera
Que se retuerce en las noches
Y te lleva a plantas bajas
mientras crees subir
Y por eso
caminé, corrí simplemente
sin dar en cuenta cuánto caía

La otra noche fue peor
doblé a casa sin mirar las esquinas
estuve besando dos piernas
cada beso era un paso
uno tras uno
sin llegar a ningún lado

El mejor ataque
es un buen cobarde
saquemos las manos por las ventanas
acerquémonos sin reglas
naveguemos nuestro barco
aun sea pequeño y de papel
dupliquémonos
si es el único remedio
contra una buena soledad
Subamos las escaleras
doblando con furia agarrados de las barandas
hasta llegar al sótano
o adonde sea
Vengámonos en cada paso
que los besos no son en vano


Toma mi mano
es lo que tengo
Al primer salvaje
que trepanó a otro
En un acto de compasión
y curiosidad
Le digo
Que normal es pensar
que si alguien dice 
que se le explota la cabeza
y uno le hace un hoyo
le está haciendo un favor
Aunque no estoy seguro
De haber hecho lo mismo
Porque para los antiguos griegos
El alma y la cabeza
Estaban en el corazón
Para los asirios
En el hígado
Y para mi
en los dedos

Doña Ana sigue ahí

Si alguien llegó a ir de niño y nunca más volvió, seguro que recordará el patio de la casa de Doña Ana como una finca interminable. Si este fue un niño de una imaginación considerable, es posible que hasta recuerde haber visto montañas y ríos y ubique este recuerdo dentro de alguna visita al campo. Lo último que se le ocurrirá pensar es que aquello estaba en plena ciudad, casi en el centro, de hecho.

No es exageración decir que en sus mejores años el patio producía lo que una finca, al menos en variedad. Tenía todos los frutales necesarios, tamarindo, lechosa, chinola, carambola, cajuil, limón, naranja, uvas criollas y aguacate. Por doquier se esparcían matas de plátanos y guineos y algún que otro cocotero.  

Un huerto que yacía al fondo protegido por una malla de gallinero, gracias al exhaustivo cuidado que le procuraba Don Clemente, era más que un huerto,. Rara vez tenían que salir a comprar vegetales y legumbres. Aquel huerto era un altar aprovechado en cada centímetro.

La vida de la estancia la complementaban las gallinas en sus recorridos interminables junto a sus chicuelos, alguna que otra pareja de patos encantados con su pileta, la cría de cerdos reservada exclusivamente para la Pascua y un indefinido número de perros y gatos que dominaban la cadena por su cercanía con los hombres.

Tampoco faltaba lo ornamental protagonizado por plantas de catalanas, coralillos y cayenas, dispuestas en el orden jerárquico de la belleza. Fungían como el lindero que separaba al patio de la casa.

Una gran mata de mango reinaba en el centro del lugar, bajo ella el piso de tierra domesticado por un millón de pisadas, al que había que barrer diariamente con la escoba de tirigüillo de palma más vieja. La sombra de ese árbol fue testigo de cuanta celebración ocurriera en el árbol de la familia.

No se puede establecer con precisión cuándo aquello dejó de ser lo que fue. Desde luego que la muerte de Don Clemente marcó un punto aunque el abandono ya venía de antes. La enfermedad del difundo había ido paralizando casi todo. Los domingos ya no eran los domingos, ni la familia era la misma familia, reducida irónicamente al mismo ritmo en que se agrandaba. Ya solo quedaban unas pocas celebraciones dispersas en el calendario.

En estos últimos años eran los edificios los que crecían conforme lo hacía la ciudad, como lo hacía en otra ocasión cada nuevo frutal que plantaban Doña Ana y Don Clemente. El terreno de la casa daba para construir un residencial de mínimo veinte apartamentos. Hubo un mes en el que al menos un intermediario de bienes raíces por día fue a visitarla colocándole una oferta que en otro tiempo le hubiese hecho la boca agua a su hijo Jochi, que ahora vivía en Nueva York. Cada una fue rechazada sin importar el monto, casi todos volvieron con mejor oferta y fueron nuevamente rechazados. Doña Ana solo los escuchaba por cortesía y quizás porque estaba falta de compañía.

Los nuevos edificios ya sitiaban por todos los flancos a la casa lo que le cortaba el camino a cualquier brisa que intentara llegar. El mismo sol ya no era el de antes, por eso muchos frutales fueron muriendo. No sé puede afirmar con certeza  por qué se secó la gran mata de mango, esto ocurrió a partir de la muerte de Don Clemente. Lo cierto es que entró junio, entraron julio y agosto y no hubo un solo mango que recoger, solo hojas que meses después empezaron a desprenderse hasta que no quedó una sola al llegar Navidad. Doña Ana y Ninoska, la muchacha venida del campo que la ayudaba con la casa, se turnaban mañana y tarde para barrer las hojas, porque debajo de aquel árbol estaba el último espacio sagrado, la mesa del café. Abajo se seguiría celebrando ese ritual diario en compañía de con  la vecina, y con quién fuera que visitara la casa ese día. Ella en su mecedora, el resto sentado en el juego de sillas de guano.

Ninoska se casó no mucho tiempo después. Se mudó a un barrio en las afueras. Una vez a la semana de vuelta del trabajo volvía para ayudar con lo que fuera, en silencio y de gratis. Doña Ana engordaba y cada día caminaba más lento a causa de todas las enfermedades que traía el accidente llamado vejez.

Dentro de lo que aun quedaba estaba la visita diaria de Olga, una vecina ya mayor aunque más joven que Doña Ana. Sus conversaciones no pasaban de qué calor hace o de supiste quién murió y no es que hiciera falta decir más, aquellas reuniones del café de la tarde eran un acto de presencia mutua y con eso bastaba.

Con el tiempo y la presión de los hijos, Olga  tuvo que vender su casa. En su lugar se construyó una torre que germinó y creció más rápido que cualquier hortaliza. Más nunca se volverían a ver.

Una mañana de poco sol, Doña Ana preparó el café y se dirigió al patio, seguro no durmió nada la noche anterior. Llegar hasta la mesita debajo de la mata de mango fue una tarea lacerante, era pisar sobre descalzo sobre vidrios rotos. Puso dos tacitas pese a que aquel día estaba ella sola.
Nubes vinieron de todos lados a congregarse sobre la casa como si hubiese sido su punto de reunión acordado. Gotas empezaron a caer, pesadas y frías con vocación de granizo. Doña Ana intentó pararse, a recoger bandejita junto con las tazas. En el momento en que se incorporó, la ciática le mordió la entrepierna como un león. El dolor le hizo cerrar los ojos y en vez de soltar la bandeja, la agarró con fuerzas.
Fue a sentarse rápidamente en la mecedora pero las fibras de guano ya podridas por el abandono y la intemperie cedieron y Doña Ana cayó de lleno en el suelo, viendo las nubes.  No se volvería a levantar.

La lluvia abandonó el preaviso y empezó de verdad continuando hasta el mediodía. El sol salió tímidamente a ver lo que había ocurrido. Durante la noche quizás volvió a llover. Doña Ana seguiría ahí tirada sin poder moverse. Quizás sigue ahí hasta hoy, mirando todo el cielo que se cuela entre las ramas secas de la mata de mango, viva.

Balagay 02


Confoimidá, confoimidá, que ei ta vivo todavía. Balagay ta vivito como la Vigen de la Aitagracia.

El director de la funeraria llamó a su propio médico de cabecera cuando los tres empleados encargados del embalsamamiento abandonaron la sala entre tropezones, gritos y vómitos. El cadáver de 98 años ocupaba la mitad de la mesa de aluminio, encorvado en espaldas y rodillas, arrugado comoarenque secado al sol. Llamarían a un comando de inteligecia del Ejército Nacional para que se hiciera cargo de guiar la disección.
Qué diablos es eso? Es Balaguer. No tiene órganos genitales y tiene caderas de plástico. Un olor a vinagre y liturgia inundaba el espacio. Cuando le abrieron el estómago encontraron restos de fideos, tres casquillos de una 9mm y pedazos de una tabla de surf. Que no salga de aquí. ¿Cómo va a salir si ya está muerto? Qué no salga de aquí esto, nadie vio nada. Pónganle el mejor traje de los tres que mandaron. O sea que el Doctor Balaguer no era humano después de todo. Así es oficial Ibáñez, ahora lo sabe, ahora no lo sabe. 

Lo voltearon. Una serie de tornillos bajaban desde la nuca hasta el coxis. En una nalga se podía ver un código de barra seguido de una inscripción que decía Balagay 02, Made in... algún país imposible de leer. Las llagas de un siglo habían hecho lo suyo.

Paisaje

El barrio de noche huele a mariguana, dicen las vecinas que eso es incienso que disimula la cañá. En los árboles vive gente y están hechos de lo que sea. Es un bosque seco porque nunca llega el agua. Las chichiguas sobresalen, miran fijas al barrio y son guaraguaos esperando buena presa, aeronaves que no van a ninguna parte.

Nuevas tendencias

A Willmer lo agarró la lluvia a cuatro cuadras todavía del residencial donde vivía la jeva. Viéndose empapado por todas sus ranuras, tuvo su mejor idea en años, sacó el único condón y metió el celular que llegó sano y salvo y apenas un poco lubricado. Salvó su celular pero preñó a la novia y tuvo que vender el celular para pagar parte de la cesárea. 

Corriente de resaca

Abrieron un liquor store debajo de mi cama, lo supe en el último jumo en la última tentación. Aunque en principio juraba que había despertado en el barco vikingo de Arcadas. "La resaca es el purgatorio", con esas palabras se me apareció Fray Antón de Montesinos, y agregó, "mientras más buena está, más mala es". "¿Quién?", le pregunté. "La tipa". "¿Qué tipa?", volví. "Cualquier tipa de esas con las que sueñas sin querer queriendo y sin querer querer". Y desapareció. Debajo de mi cama está Vice City, debajo de las de ustedes Ciudad Gótica, probablemente. Entonces entendí: mi colchón era una balsa que flotaba a la deriva. Había una marea desquiciada, me precipitaba mar adentro. Si el tiempo es tan infinito como dicen, entonces la vida del sol, en relación con cualquier cosa, es solo un instante como el flash de una cámara. Me la pasé dormitando entre falsos despertares. El sol azotaba bien duro como mandan las líricas de los reguetones. Las olas eran calmas pero insistían lo suficiente como para causarme una náusea primitiva. Imaginaba los ácidos del estómago haciendo sus olas y remolinos, formando un mar revuelto con sus propias embarcaciones y naufragios. Moría de sed. Intenté beber agua de mar pero eso solo sirvió para hacer arrojar desde mis entrañas la comida del mediodía de ayer que se hizo comida para los peces palomos que no tienen nada que comer, esos peces que piden en los semáforos y huelen cemento, habiendo tantas otras drogas. Empezaba a desesperarme. Pensé, sin intención, tirarme al agua e intentar tocar fondo. Pero no es así como se toca fondo, no nadando hacia él. El fondo elije a sus adeptos, el fondo te toca cuando quiere y lo hace halándote por los pies. Por ahora seguiría siendo una alga de la superficie. Creí ver sirenas en el horizonte, creí escucharlas cantar a Ana Gabriel y a Marco Antonio Solís mientras limpiaban los arrecifes en la mañana del sábado. Ya sé que en el Caribe no hay sirenas porque se fueron a Europa. Acá se quedaron los manatíes, especia hoy casi extinta. Quizás algún día las ciguapas desarrollen branquias cuando el hombre se canse de la tierra y trate volver al mar como se intenta volver a la vagina. Así pasó un buen tiempo, el necesario para acabar con las fuerzas que me quedaban. Desperté en una playa virgen, peluda de erizos, de piedras Gillette Match 3 y sin el bar taíno de un beach resort a la vista. “¿Para dónde es hoy?”, me preguntó Montesinos que acababa de regresar, llevaba gelatina en el pelo. “No vuelvo a beber nunca jamás”, le dije sin mirarlo. “Sí, cómo no. La carne es débil y si no se marina o se hierve hasta que lo sea, pero el mar siempre es la misma persona”. Entonces volteé a verlo y se desvaneció. Un rato después también se fue la playa. Yo estaba de regreso. Por el momento todo era un simulacro, uno sin pena ni gloria, donde la pena es que no hay gloria.