El barrio de noche huele a mariguana, dicen las vecinas que eso es incienso que disimula la cañá. En los árboles vive gente y están hechos de lo que sea. Es un bosque seco porque nunca llega el agua. Las chichiguas sobresalen, miran fijas al barrio y son guaraguaos esperando buena presa, aeronaves que no van a ninguna parte.
Nuevas tendencias
A Willmer lo agarró la lluvia a cuatro cuadras todavía del residencial donde vivía la jeva. Viéndose empapado por todas sus ranuras, tuvo su mejor idea en años, sacó el único condón y metió el celular que llegó sano y salvo y apenas un poco lubricado. Salvó su celular pero preñó a la novia y tuvo que vender el celular para pagar parte de la cesárea.
Corriente de resaca
Abrieron un liquor store debajo de mi cama, lo supe en el último jumo en
la última tentación. Aunque en principio juraba que había despertado en el
barco vikingo de Arcadas. "La resaca es el purgatorio", con esas
palabras se me apareció Fray Antón de Montesinos, y agregó, "mientras más
buena está, más mala es". "¿Quién?", le pregunté. "La
tipa". "¿Qué tipa?", volví. "Cualquier tipa de esas con las
que sueñas sin querer queriendo y sin querer querer". Y desapareció.
Debajo de mi cama está Vice City, debajo de las de ustedes Ciudad Gótica,
probablemente. Entonces entendí: mi colchón era una balsa que flotaba a la
deriva. Había una marea desquiciada, me precipitaba mar adentro. Si el tiempo
es tan infinito como dicen, entonces la vida del sol, en relación con cualquier
cosa, es solo un instante como el flash de una cámara. Me la pasé dormitando
entre falsos despertares. El sol azotaba bien duro como mandan las líricas de
los reguetones. Las olas eran calmas pero insistían lo suficiente como para
causarme una náusea primitiva. Imaginaba los ácidos del estómago haciendo sus
olas y remolinos, formando un mar revuelto con sus propias embarcaciones y
naufragios. Moría de sed. Intenté beber agua de mar pero eso solo sirvió para
hacer arrojar desde mis entrañas la comida del mediodía de ayer que se hizo
comida para los peces palomos que no tienen nada que comer, esos peces que
piden en los semáforos y huelen cemento, habiendo tantas otras drogas. Empezaba
a desesperarme. Pensé, sin intención, tirarme al agua e intentar tocar fondo.
Pero no es así como se toca fondo, no nadando hacia él. El fondo elije a sus
adeptos, el fondo te toca cuando quiere y lo hace halándote por los pies. Por
ahora seguiría siendo una alga de la superficie. Creí ver sirenas en
el horizonte, creí escucharlas cantar a Ana Gabriel y a Marco Antonio Solís
mientras limpiaban los arrecifes en la mañana del sábado. Ya sé que en el Caribe
no hay sirenas porque se fueron a Europa. Acá se quedaron los
manatíes, especia hoy casi extinta. Quizás algún día las ciguapas desarrollen
branquias cuando el hombre se canse de la tierra y trate volver al mar como se
intenta volver a la vagina. Así pasó un buen tiempo, el necesario para acabar
con las fuerzas que me quedaban. Desperté en una playa virgen, peluda de
erizos, de piedras Gillette Match 3 y sin el bar taíno de un beach
resort a la vista. “¿Para dónde es hoy?”, me preguntó Montesinos que acababa de
regresar, llevaba gelatina en el pelo. “No vuelvo a beber nunca jamás”, le dije
sin mirarlo. “Sí, cómo no. La carne es débil y si no se marina o se hierve
hasta que lo sea, pero el mar siempre es la misma persona”. Entonces volteé a
verlo y se desvaneció. Un rato después también se fue la playa. Yo estaba de
regreso. Por
el momento todo era un simulacro, uno sin pena ni gloria, donde la pena es que
no hay gloria.
The Dakota
Un día caminas solo calle abajo por la Central Park West. No es que andes girando el cuello tirando fotos a lo que sea ni haciendo el papel de turista feliz, tienes demasiado en qué pensar como para eso. Aun así ves un edificio, un edificio en particular. Te quedas mirándolo unos minutos, mucho considerando que nunca has sido un fanático de la arquitectura. El edificio se diferencia del resto pero por pocas cosas, no sabrías decir cuáles, solo sabes que se ve más europeo y seguro debe ser más viejo que el resto. No te enamora pero te gusta.
Otro día, un año después, estás en tu oficina ya sin mucho que hacer e intentas saciar la curiosidad y el afán de poseer una cultura general moderada documentándote sobre la clasificación de las armas de fuego según el calibre, sobre los maoríes en Nueva Zelanda o sobre el asesinato de John Lennon. En esto último te tomas tu tiempo. Buscas detalles hasta que acabas por descubrir que ese edificio que te quedaste mirando como un bobo fue lugar de residencia y muerte de John Lennon. Eso te intranquiliza, piensas que a lo mejor en el mundo no hay tantos misterios.
Otro día, un año después, estás en tu oficina ya sin mucho que hacer e intentas saciar la curiosidad y el afán de poseer una cultura general moderada documentándote sobre la clasificación de las armas de fuego según el calibre, sobre los maoríes en Nueva Zelanda o sobre el asesinato de John Lennon. En esto último te tomas tu tiempo. Buscas detalles hasta que acabas por descubrir que ese edificio que te quedaste mirando como un bobo fue lugar de residencia y muerte de John Lennon. Eso te intranquiliza, piensas que a lo mejor en el mundo no hay tantos misterios.
Estenopo
Crecí en el mundo normal, con semanas de siete días y sin peligro aparente. Diferentes olores se turnaban y me rodeaban. Así era. En cambio lo que yo veía eran paisajes de posguerra y un mundo pequeño como mi voluntad, donde una paloma era una bestia y un susurro una mordida. Todo se reducía al pensamiento de la hormiga. Por vergüenza o por inercia, lo disfracé. Hablaba de un mundo normal que terminó siendo igual al que ya estaba. Una hoja cayendo de un árbol no era más peligrosa que una hoja cayendo de un árbol. Ni tan dorado ni tan mancillado. Mentí dos veces. Una cuando vi, otra cuando hablé. Mentí dos veces y por tanto dije solo la verdad. Mi mente ha sido un estenopo, mi lengua una retina.
Cuerpos celestes
Les explicaré eso del amor de las pocas maneras que se pueden explicar las cosas que casi nadie entiende, mediante otras cosas que casi nadie entiende: el espacio sideral, todo el reguero de rocas que flotan por el aire donde no hay aire, demasiado grande para que le hagamos caso. Es obvio, por la naturaleza de estos temas, que se puede hablar de ellos también sin entenderlos, como hago yo.
En su forma ideal, el amor les aparecerá como dos planetas que orbitan entre sí, bailando sin parar, sin que nadie pueda distinguir cuál es la luna de cuál. Esa es su forma ideal, la difícil. Lo más común es que, aunque no se vea, estos pares se estén distanciando uno del otro cada vez más. Eso es irreversible. O por el contrario, puede que haya una fuerza de atracción que haga que se acerquen, se acerquen, se acerquen y se acerquen hasta colisionar. Ambos se destruyen. Eso es también irreversible.
Menos trágico, si les interesa, son los enjambres de asteroides que pasan veloces, que les harán poco daño y que por eso a duras penas lograrán recordar.
Hay amores de uno en un millón como el de esos satélites que están en su órbita de siempre, inertes y congelados, y que de pronto se les aparece de la nada un meteoro. Sus órbitas coinciden y quedan realmente cerca, pero sin llegar a tocarse. Quizás con un pequeño adelanto habrían tenido suerte. O tal vez sí la tendrán, en miles de años, luego de interminables rotaciones se volverán a encontrar y entonces tal vez sí haya un roce o algo más.
Les diré que hay estrellas colocadas tan lejos en la distancia que lo mejor es conformarse con la poca luz que nos llega de ellas. Olvídense de planetas perfectos que si los hay son improbables. En el amor y en el espacio el azar predomina y lo que se puede hacer es en realidad menos de lo que uno se cree. No quieran ustedes saber de los agujeros negros que te atraen, te absorben y te tragan y que luego te expulsan a quién sabe dónde.
Finalmente, tengan en cuenta que la peor suerte de un cuerpo celeste no es colisionar, ni arder en una supernova, ni girar en el mismo eje de sino navegar por siempre en una vasta soledad ancha como medio infinito, en el vacío.
Heliogábalo
Cuando termine la máquina del tiempo lo primero que haré será viajar a la Antigua Roma y buscar a ese emperador adolescente que se prostituía por puro placer en el mismo Palacio Imperial y que ofreció pagar lo que sea a los médicos de la época para que le amputaran el pene y le hicieran una vagina. Hoy correría mejor suerte. No faltaría el cirujano que se ofreciera a realizarle la operación y además le iría bien en la prostitución en altos círculos, que más de un millonario pagaría lo que fuera por follarse a un emperador romano transexual traído de hace 2,200 años y con todas las perversiones imaginables en su mente.
Lo segundo será traerme al Marqués de Sade del cual puedo jurar tendrá tremendo éxito como director porno clase B.
Lo tercero sería intentar matar a Hitler en su nacimiento y así quizás evitar 50 millones de muertes, pero esto último está por verse, nadie tiene derecho a jugar con la historia de esa manera.
Lo segundo será traerme al Marqués de Sade del cual puedo jurar tendrá tremendo éxito como director porno clase B.
Lo tercero sería intentar matar a Hitler en su nacimiento y así quizás evitar 50 millones de muertes, pero esto último está por verse, nadie tiene derecho a jugar con la historia de esa manera.
La doña repetida
El tiempo sufre de estirarse cuando esperas un autobús que no sabes si pasó o le falta mucho para pasar. Una vez alguien me dijo que el tiempo es el elástico de un pantaloncillo que se estira cuando no se usa. A veces lo veo seguir de largo mientras el semáforo está en verde y no puedo cruzar, me tengo que quedar ahí viéndolo marcharse sabiendo que no pasará otro dentro de algunos minutos. Llegar temprano es solo otra forma de ser impuntual. Y total que aquí en Santo Domingo esa palabra no existe. Me siento a esperar en la parada. Esperar es sinónimo de no hacer nada. Bueno, ahí viene otro.
Me subo y pago a la cajera. A la cajera, por cómo me cobró el dinero, se le ve lo aburrida que está, ese trabajo seguro es insoportable pero solo lo acepta quien no tiene ninguna otra posibilidad. Aun así tiene cara de buena persona, jamona, definitivamente, pero se le ve que trata muy bien a sus sobrinitas. Paso a sentarme, solo queda un asiento y me tocó al lado de ella, de una variedad de mujer que abunda en estas tierras y a la que he llamado la doña-repetida. Es gorda, cabello bien corto y también recogido, piel oscura y anda con un reguero de paquetes. Es lo que, recurriendo a estereotipos, llamaríamos fea, anti-sexual. Su volumen se rebosa y ocupa parte de mi asiento. Yo a esta mujer la he visto, desde que tengo memora la estoy viendo. Está en todos lados, cada uno la conoce. Tiene diferentes edades y sus atributos varían, pero siempre dentro de los parámetros que nos hacen llamarla gorda, fea, anti-sexual. Hija de una misma madre y madre de los mismos hijos: es ella, la doña repetida. Espera a su hermana afuera de la Maternidad La Altagracia, limpiaba en tu casa, atiende un puesto de frituras, le lleva comida a su esposo en la cárcel, fue la que más dio gritos en la Hora Santa del motorista que se partió el epiplón en la esquina, se le vuela el cinc de su casa con cada ciclón, mantiene un cuerpo de 250 libras con medio salario mínimo, corre más rápido que tú, se sabe los chismes aunque los cuenta bajito y ancha los pantis que le mandan en agua de sal para que les sirvan.
Me acomodo, ahora veo al resto de los pasajeros, también repetidos. Me paso el tiempo elaborando una teoría sobre las apariencias donde concluyo que casi todas las personas que vemos en esta ciudad pueden ser encasilladas en no más de 20 categorías acorde a vestimenta, edad y gesto en el rostro, dejando un criterio para indefinidos, aunque esos serían los menos.
El sol está en sus buenas, no sabría decir a cuántos grados está la temperatura, a la cual habría que sumar la humedad que provoca el sudor de tanta gente. El calor no se aguanta, aunque sí, si no es
porque es mi día a día podría jurar que no duraría 5 minutos más vivo adentro. Aquí todos somos organismos extremófilos como las bacterias que viven en los lagos ultrasalados o los crustáceos que se plantan alrededor de las chimeneas de aguas termales en el fondo del océano. La pregunta no es por qué estamos vivos sino cómo, la cuestión deja de ser filosófica para volverse puramente biológica: ¿cómo diablos puede haber gente viva bajo este sol?
La doña-repetida se queda en la parada que está después de este semáforo. Tiene que salir y para eso tiene que pasar por arriba de mí, si da un paso en falso y me cae encima será mi fin, de eso estoy seguro. Pero con esfuerzo consigue salir al pasillo del autobús y ahora abrirse paso con todos sus paquetes entre los juncos sudorosos de los cuales se dice son personas. “Con permiso, permiso, ermiso, miso, que me quedo.” El conductor solo logra pararse a un carril de la acera por un carro mal estacionado más adelante. Pero por fin la doña pudo llegar a la puerta y al fin pudo bajar a la avenida. El sol ataca. ¡Oh no! Los juncos se giran rápidos como azotados por la brisa para poder mirar. La camioneta venía rápido y a penas ella puso los dos pies en la tierra ya todo había ocurrido. El impacto no se oyó porque los gritos de los pasajeros sucedieron en el mismo instante, como si hubiesen estado presintiendo que eso iba a pasar. La sangre con el sol y sobre el negro del asfalto se ve como rosada, completamente de mentira, si vas a morir tan vulgarmente al menos debería parecer sangre de verdad. Alcanzo a notar que el torso cayó en la parte trasera de la camioneta. Las extremidades, ¿dónde están las extremidades? Y las fundas negras regadas por todas partes, es increíble que una sola persona pudiera cargar tantas cosas. Afuera comienza a formarse una muchedumbre que en el fondo está muy contenta porque pasó algo nuevo, algo para contar.
Una doña muerta y desmembrada bajo el sol debe servir como evidencia de que la pregunta que había hecho no era tan absurda después de todo. Al menos eso. Al menos era la doña-repetida, nada del otro mundo.
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